Los médicos le dieron a Bailey, de nueve años, «días o semanas» después de que el cáncer se extendiera por todo su cuerpo, pero desafió las probabilidades y consiguió conocer a su hermana Millie.

Con sus padres, Lee y Rachel agarrando sus manos, Bailey murió al mediodía de la víspera de Navidad de 2018, ahora su familia ha recordado su historia un año después. El niño, de Gloucestershirem en Reino Unido, luchó contra el cáncer durante 15 meses, pasando por varias rondas de tratamiento.

Su batalla comenzó en el verano de 2016, cuando empezó a sentirse mal. Ingresó en el hospital en septiembre y al principio los médicos pensaron que podría haber tenido una infección viral, según informa el Bristol Post.

Cuando no mejoró, le dieron antibióticos por una presunta infección en el pecho, pero las cosas empeoraron. Empezó a tener fuertes dolores de estómago y le hicieron un análisis de sangre. Los resultados fueron malos.

Bailey fue trasladado a una sala de oncología, después de haber sido diagnosticado con linfoma no Hodgkin. En el momento en que se descubrió, ya estaba en la tercera fase.

Tras duros tratamientos con quimioterapia, parecía que el cáncer remitía en julio de 2018 y pudo volver a casa. Sin embargo, en agosto volvió, y era incluso peor, se había extendido. Era muy agresivo. «Nos dijeron que no quedaba mucho tiempo, días o semanas», explica Lee.

«Entramos en la habitación en la que estaba. Bailey solo tenía nueve años, pero éramos muy abiertos con él. Se lo contamos. Se rompió y dijo que estar solo. Nos quedamos allí con él y, en un par de horas, lo asimiló todo. Nos sonrió y dijo: ‘Vamos a casa’».

Bailey sabía que iba a morir. Comenzó a hacer planes para su propio funeral y quería que todos estuvieran vestidos con trajes de superhéroes. Le pusieron medicamentos para el dolor y, aunque le ayudó un poco, comenzó a deteriorarse lentamente semana a semana.

«No pensamos que duraría tanto tiempo, pero estaba decidido a conocer a Millie. Llegó finales de noviembre, y nació Millie. La abrazó e hizo todo lo que un hermano mayor haría: cambiarla, lavarla, cantarle», explica Rachel.

El 22 de diciembre, Bailey fue llevado en ambulancia al hospital. En el momento en que entró, tuvieron que ponerle analgésicos fuertes. «Nos sentamos allí hora tras hora, viéndolo irse. Le leímos cuentos y escuchamos su música favorita», recuerda Rachel. «A las 11.45, estábamos junto a su cama. Le dijimos que «es hora de irse Bailey».

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